La segunda demanda de Neil Young prueba que los derechos de autor pesan más que la protesta
Los artistas se quejan hace años de la música de los mítines. La demanda de 10 millones de dólares de Young muestra que el poder está en las licencias: ignorarlas es apostar contra el papeleo.
Foto: By Man Alive! / Wikimedia Commons (CC BY 2.0)
¿Por qué los artistas siguen publicando comunicados furiosos sobre la música de los mítines cuando una demanda presentada ante un tribunal federal lo dice mucho mejor? Neil Young ha elegido ya la segunda vía y, a nuestro juicio, es la única que cambia comportamientos.
Qué ha presentado realmente Young
Según MBW, la demanda se presentó contra Trump 47 Committee, Inc. ante el Tribunal de Distrito de EE. UU. para el Distrito Este de Virginia el lunes 26 de octubre. Reclama 10 millones de dólares por «Rockin' in the Free World», que sonó en un mitin en Youngstown (Ohio) el 12 de octubre. The Epoch Times cuenta que el escrito sostiene que el comité no tenía licencia ni permiso y que dejó que la canción sonara también en otros mítines. Además, pide al tribunal que prohíba de forma permanente al comité interpretar cualquier composición de la que Young sea titular.
Es la segunda ronda. Young demandó en 2020 a una entidad que apoyaba a Trump por esta canción y por «Devil's Sidewalk». Según Hot Press, aquel caso terminó con un acuerdo y la promesa de no volver a usar su música sin permiso.
La acusación de «intencionalidad» es lo que importa
El detalle más afilado no es la cifra. Es que la demanda alega que el comité siguió poniendo la canción «a pesar de saber que se necesita una licencia». Si el tribunal lo acepta, una lista de reproducción descuidada pasa a ser una deliberada. Es una posición mucho peor para el demandado y, en nuestra opinión, explica que esta demanda sea algo más que una secuela.
Conviene ser prudentes. Son acusaciones, no conclusiones judiciales, y en la cobertura que manejamos el comité no ha respondido. The Epoch Times dice que pidió comentarios a la Casa Blanca y al Comité Nacional Republicano y que no obtuvo respuesta antes de publicar. Pero el planteamiento de la demanda es inteligente: se apoya en los derechos de autor, no en los sentimientos heridos.
Protestar sale barato; licenciar da poder
Muchos artistas han protestado en público. Hot Press cita a Céline Dion, Olivia Rodrigo, Noah Kahan y Ariana Grande entre quienes han criticado a Trump o a su campaña, mientras que Taylor Swift y Bad Bunny han retirado su música de publicaciones de la Casa Blanca en redes sociales que la usaban. Son victorias reales, pero son retiradas de contenido: arreglan un vídeo y dejan intacta la costumbre.
Una demanda cambia el coste. El escrito de Young también reclama daños a su reputación y a su marca por dar a entender que apoya a Trump. Importa porque el perjuicio de una lista de reproducción en un mitin no son solo los derechos impagados. Es un respaldo falso, transmitido a la multitud por un altavoz.
El papeleo existe, así que ignorarlo es una decisión
The Epoch Times señala que las licencias en EE. UU. pasan en buena parte por cuatro organizaciones de gestión de derechos de interpretación y que algunos acuerdos pueden excluir los actos políticos. También menciona la licencia para entidades políticas de BMI, que cubre más de 25 millones de canciones para campañas. Es decir, existe una vía legal y no tiene nada de exótica. Una campaña que se la salta apuesta a que nadie se queje.
Young es de los artistas que se quejan. Escribió la canción, según la demanda es cotitular de los derechos de autor y ya arrancó una promesa una vez. The Epoch Times añade que los tribunales ya han fallado antes en contra del equipo de Trump en otros casos musicales, aunque aquí no tenemos detalles de esas sentencias, así que no nos apoyaremos en ellas.
Nuestro veredicto
¿Significa esto que las campañas están a punto de empezar a perder en los tribunales? No iríamos tan lejos. Una demanda no prueba nada y todavía nadie ha dictado sentencia. Lo que sí muestra es la asimetría: una campaña se juega unas semanas de uso, mientras que un artista con la titularidad limpia tiene tiempo, principios y un historial de demandas.
La lección práctica es aburrida y por eso útil. Las campañas deberían consultar la lista de licencias antes que la lista de reproducción. Los artistas, sobre todo los que son dueños de sus canciones, deberían leer sus propios contratos y tratar su cumplimiento como una herramienta, no como un último recurso. Puede que Young gane o no los 10 millones de dólares, pero hace que el camino más barato, pedir permiso antes, parezca muy sensato.
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