Derrumbe de la grada en Coolangatta: la seguridad no puede ser la partida que ceda
Al menos 22 personas resultaron heridas cuando una grada temporal se vino abajo en un festival con entradas agotadas. Hasta saber por qué, lo justo es publicar las inspecciones y decir quién dio el visto bueno.
Imagen generada con IA
¿Cuántas veces tiene que fallar una estructura temporal antes de que dejemos de llamarlo mala suerte? El derrumbe de una grada el domingo en la Gold Coast aún no tiene explicación, y conviene ser prudentes. Pero la pregunta que plantea es antigua, y los festivales siguen esquivándola.
Según People, al menos 22 personas resultaron heridas, cuatro de ellas hospitalizadas, después de que una grada con cientos de personas se derrumbara en un festival de música. Nine lo sitúa en el Red Hot Summer Tour, en Coolangatta, con cuatro personas trasladadas al hospital y 22 atendidas en la carpa médica del recinto. El Daily Mail cuenta que la grada temporal se había montado en la playa de Coolangatta para un evento con las entradas agotadas y que se vino abajo hacia las 14:50 (hora del este de Australia) durante la actuación de Boom Crash Opera.
Incluso las cifras básicas son confusas. Las primeras informaciones hablaban de tres heridos, y los medios no coinciden en si la grada albergaba a cientos de personas o a 1000. Nada de lo publicado hasta ahora explica la causa. Así que esto no es una acusación. Es un argumento sobre el sistema que rodea al fallo.
«Temporal» no es sinónimo de «ligero»
El público de un festival oye «grada temporal» e imagina algo modesto. En la práctica, es un edificio que existe un fin de semana, lo monta un equipo con prisa y tiene que soportar a una multitud que se apelotona, salta y se echa hacia el escenario. La estructura será efímera, pero la carga no lo es.
Precisamente por eso es el tipo de partida que se recorta. Nadie vende entradas por el calendario de apriete de tornillos. Los cabezas de cartel, la producción y las activaciones de los patrocinadores se ven; las certificaciones de ingeniería, no. Nos parece razonable sospechar que, en un sector de márgenes ajustados, lo que el público no ve es lo primero que se optimiza. No podemos decir que aquí ocurriera. Sí podemos decir que ese incentivo existe en todas partes.
Un caso menor y distinto apunta al mismo punto débil. Tras resultar heridas cuatro personas cuando se derrumbó una estructura metálica que sostenía luces y equipos de sonido durante el montaje de un encuentro religioso en el Filoil Centre, en Filipinas, los responsables locales explicaron que el organizador había dispuesto la estructura temporal a través de su propio proveedor técnico, sin contrato con la ciudad. Léelo otra vez: un derrumbe, y lo primero es aclarar quién no era responsable. Cuando la responsabilidad se reparte entre organizador, proveedor, recinto y administración local, tiende a no ser de nadie.
La inspección solo vale si se ve
El material del sector dice lo que debería ocurrir. Festivalpro señala que superar una inspección final de seguridad antes de abrir al público suele ser requisito para obtener los permisos del evento. Bien. Pero «suele» y «superar» cargan con mucho peso en esa frase. ¿Superar qué, revisado por quién, firmado por quién y cuándo respecto a la apertura de puertas?
Aquí las autoridades pesan tanto como los promotores. Un permiso es una promesa pública de que alguien cualificado ha examinado la estructura. Si esa promesa no se puede revisar después, es un sello de goma, por diligente que fuera el inspector. Nuestra posición es que los organismos que conceden los permisos deberían poder decir, en cuestión de días tras un incidente como este, qué se inspeccionó y qué se aprobó. Cualquier investigación debería ser pública en sus conclusiones, no solo en su existencia.
Los promotores, por su parte, tienen una forma sencilla de demostrar que se lo toman en serio: publicar un resumen de seguridad en lenguaje claro de cada evento. Nombrar al ingeniero estructural o al certificador. Indicar cuándo se hizo la inspección final. Cuesta casi nada comparado con lo que cuesta un derrumbe, en heridos o en confianza.
Los fans tienen más palanca de la que usan
No hay que boicotear los festivales ni entrar en pánico. La mayoría de las gradas aguantan. Pero el público puede preguntar a los organizadores dónde está la información de las inspecciones y fijarse en qué eventos la ofrecen por iniciativa propia y cuáles tratan la pregunta como una grosería. Un concierto con entradas agotadas demuestra que los fans están dispuestos a confiar. Esa confianza hay que ganársela por escrito.
Nuestro veredicto: esperar a la investigación antes de repartir culpas, porque quien se apresura a señalar una causa está adivinando. Pero no esperar para fijar el listón. Si un festival puede pagar un escenario, pantallas y un cartel, puede pagar una estructura que no falle y enseñar los papeles. La seguridad no es una partida que ceda cuando las cuentas aprietan. Después de Coolangatta, los organizadores y las autoridades que les dan permiso deben a los fans una respuesta clara sobre qué se comprobó y quién lo hizo.
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